Mucha gente se queja de la explotación que Nintendo hace de Super Mario (sí, hay gente para todo). Que si la fórmula está quemada, que si cansa ver al mismo personaje en tantos juegos al año… Y si bien hay algo de verdad en que el fontanero protagoniza muchísimos juegos, pocos veremos al nivel de Super Mario Odyssey. No solo es el primer juego de plataformas de Mario desde Super Mario 3D World (2013), es también el juego más innovador desde Super Mario Galaxy, en 2007. Diez años ha tardado Nintendo en atreverse con algo tan grande, tan vivo, tan lleno de posibilidades y tan rompe esquemas. Y no lo decimos a la ligera, porque esta vez, hemos podido jugarlo en un evento pos-E3 centrado en Nintendo Switch, y nuestras impresiones no podrían ser mejores.
La verdadera secuela de Super Mario 64
Como seguramente sepáis, la demo que se vio en el E3 constaba de dos niveles, la ciudad de New Donk City y un desierto, Sand Kingdom. Por supuesto, habrá muchos mundos más, algunos de los cuales ya se han visto en los tráilers, como un oscuro bosque, un jardín con frutas muy «poligonales» o una pradera cretácea, con tiranosaurios campando por allí. Ya de primeras, entornos muy diferentes a los que Nintendo nos tiene acostumbrados: ver a Mario corretear por la Gran Manzana o por unas ruinas mayas produce una sensación de extrañamiento que invita a jugar simplemente por pura curiosidad. Un plano al azar del tráiler del E3 sobresale respecto a cualquier otro juego de Mario, de la misma forma que lo hacían cualquier imagen de Galaxy, Sunshine o Mario 64. No hace falta entrar en detalles de la jugabilidad para ver que Nintendo pone patas arriba todo el universo Mario, y lo remodela por enésima vez para que huela a nuevo.
Pero obviamente, la innovación de Odyssey va más allá de un (arrollador) lavado de cara. Con The Legend of Zelda: Breath of the Wild, Nintendo cogió todas las mazmorras, la iconografía y los esquemas jugables de Zelda, los rompió en mil pedazos y los repartió por un mundo enorme, para que el jugador los reconstruyera a su ritmo. Se podría decir que Odyssey hace algo parecido: junta todas las mecánicas jugables conocidas en los anteriores juegos de plataformas de Mario y las esparce por los mundos, para que el jugador las afronte con libertad. Sin embargo, el mérito de esto es de Super Mario 64, otra década más atrás. Super Mario Odyssey pone de nuevo en perspectiva lo increíble que fue Mario 64: si las mecánicas de este Odyssey, que son, en esencia, una ampliación y refinamiento de las de Mario 64 (algo que Nintendo no se avergüenza en confesar, al contrario) nos sorprenden en 2017, imaginaos cómo sería la cosa en 1996. Haced memoria los que podáis (yo aún no estaba para muchos trotes por aquellos años), porque si Mario 64 fue a Super Mario lo que Breath of the Wild fue a Zelda, Super Mario Odyssey es la secuela directa de aquel, mucho más ambicioso de lo que Sunshine se llegó a atrever; rivalizando en grandeza con Galaxy, pero más acorde con las tendencias actuales, en unos tiempos en los que la libertad de elección del jugador se antepone a la sustancia.
Explora, experimenta, juega
Por si alguien anda todavía perdido, Super Mario Odyssey se compone de pequeños mundos abiertos en los que nos lanzamos a explorar y encontrar las lunas, combustible para nuestra nave espacial con el que podremos llegar a más mundos. Es decir, la misma estructura que Mario 64 y Sunshine (e incluso Galaxy, aunque este hacía un poco de trampas). Al igual que en aquellos juegos, se mezclaba la exploración y experimentación en los propios mundos con el plataformeo más clásico, pues al final para llegar hasta una estrella o sol tocaba seguir un camino de plataformas, de dificultad ascendente según los mundos. La «trampa», que cantó especialmente en Galaxy, es que antes de entrar al mundo elegías qué estrella querías buscar: al hacerlo, el mundo cambiaba ligeramente (las señales, los enemigos, incluso las propias plataformas), y te empujaban hacia un camino predeterminado. Había cierto margen de libertad, incluso podías conseguir otras estrellas por el camino (casi siempre por accidente), pero al final era una libertad muy encorsetada, que limitaba las opciones de exploración.
Todo eso es historia en Odyssey. Según llegas al mundo, estás en igualdad de condiciones de conseguir cualquier luna que quieras. Algunas son más obvias que otras, y se basan en hacer «recados» como reunir la banda de músicos en New Donk City; otras están en lugares difíciles que requieren no solo de habilidad, sino de ingenio; otras son auténticos «mininiveles» escondidos en cualquier recoveco (por ejemplo, una alcantarilla). Según parece, puede haber entre 30 y 50 lunas en cada mundo, a lo que agradecemos la segunda clave: al conseguir una luna, el juego no te devuelve al hub, sino que sigues en el mundo, explorando, jugando hasta cuando te apetezca. Realmente, no sabemos cómo se accede a los mundos ni cómo es el hub: podría haber distintas formas de entrar, ya que hemos visto partes del tráiler en New Donk City de noche y lloviendo (y efectos climatológicos dentro de estos minimundos, como que no), pero la intención es clara: que el jugador explore con libertad y sin que el juego interrumpa.
Sobra decir que esto no es Breath of the Wild: los mundos son relativamente pequeños (New Donk City es una miaja en verdá), así que no pasarás ratos muertos cabalgando, escuchando pájaros o viendo el amanecer. Literalmente, cada esquina de Odyssey esconde algo: una entrada a un camino secreto, un PNJ con una misión que darnos, un enemigo, criatura u objeto inanimado que capturar… la variedad de cosas interesantes que ver y plataformas desafiantes que saltar, solo en los dos mundos que hemos visto, ya darían, estimamos, para dos buenas horas de juego, dos horas en los que no paras quieto, deliciosas de jugar gracias a los ya de sobre familiares controles, sorprendentes a cada instante gracias a la variedad de movimientos y el poder de Mario de capturar y controlar a los enemigos. Algo sobre lo que he insistido poco en este avance, pero me relamo con sus posibilidades: llevar veinte horas jugadas, encontrarse con un enemigo exclusivo de los últimos mundos y capturarlo. Una nueva mecánica, una nueva forma de jugar, de moverme, que descubro por primera vez con el cartucho ya quemado. Se podría escribir otro artículo hablando únicamente de la genial idea que es, ya no solo por la divertidísima nueva imaginería de enemigos bigotudos que se suman al lore Mariano, sino por lo dinámico y vivo que va a hacer de su jugabilidad a largo plazo.
Nintendo Switch rejuvenece a Mario
Todo el entusiasmo puesto en este avance puede parecer excesivo de un juego del que aún desconocemos muchas cosas. Falta por saber la duración del mismo, el nivel de desafío (los niveles de la demo eran naturalmente facilillos, y además no se puede «morir» al uso, no hay vidas extra), si esta variedad de localizaciones se mantiene durante todo el juego, si esconde sorpresas, si sale Yoshi -esto es muy, muy importante, se juegan mi diez y no ando de bromas-…). Sin embargo, lo que hemos visto y jugado no solo nos ha encantado, nos ha entusiasmado. Con Mario Odyssey, hemos visto el Mario más seguro de sí mismo en años, el más osado, el más cómodo con la innovación. Incluso con su juego más apartado, Mario encandila cuando le prestas atención, y te asegura un buen rato, algo que comprobamos con los tímidos pero estupendos plataformas 3D de 3DS y Wii U. Super Mario Odyssey es diferente, este sale a buscarte, te canta una canción que te roba el corazón y te demuestra que sigue siendo el personaje más relevante de los videojuegos, con una pasión más propia de un chiquillo que de un abuelo de treinta años.
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